Torres mantiene la persecución

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La batalla de San Mamés. Para el Atlético, ganarla, era golpear dos veces. La primera a aquel al que se medía sobre el césped, el Athletic, y la segunda, a sus dos rivales en el combate de verdad, el de la Liga. Una guerra que, por cierto, sigue exactamente igual que el domingo: el Barça no falló, el Madrid tampoco y el Atleti, menos. Aunque, eso sí, la batalla de los rojiblancos no fue tan feroz como la pintaban. Fue batallita, más bien. Martínez Munuera no tuvo que sacar ninguna amarilla. Eso lo dice todo.

Aunque eso sí, en un partido sin roces ni patadas, el primer golpe se lo llevó el Atlético y fue brutal. En el minuto 10, Godín se tiraba al suelo. No podía seguir. En la pierna derecha se le había abierto una vieja herida, esa lesión en los isquiotibiales, y tenía que doler. Mucho. No es Godín un hombre que abandona a su equipo en medio de una batalla. Su ojo izquierdo, aún amoratado del codazo de Luis Suárez en el Atleti-Barça, podía dar fe.

Pero Godín se fue. Y en el minuto 37 la imagen del partido era esa: Godín en el banquillo. Godín mordiéndose las uñas, con la mirada perdida y un abrigo por los hombros; el hombre más solo del mundo. Mientras, sus compañeros no pasaban del empate, del 0-0, y la radio no dejaba de cantar goles del Barça. Uno tras otro caían. Entonces pasó. En el mismo minuto. La cámara de televisión voló de Godín al pie izquierdo de Griezmann para cazar un pase bestial del francés, desde fuera del área, a la cabeza de Torres que, ante Iraizoz, saltó y goleó, saltó y le dio de cabeza, con el alma, por la Liga. No se puede ser más efectivo. Primera ocasión, primer gol.

Porque sí, esa era la primera del Atleti en el partido. Un Atleti que, hasta el momento, nada o poco había hecho, quizá aturdido por la falta de Godín (aunque Lucas le suplió, una vez más, como si hubiera salido de su costilla). O quizá mareado por el baile de Beñat, que tenía el balón y el juego, pero faltándole Aduriz en el área, no hacía más que eso: mover y mover, siempre en horizontal.

Pero al menos le había quitado la pelota al Atlético y, sin ella, los del Cholo eran solo Filipe (otro partido enorme) y Thomas, su sorpresa en la alineación. Le había sacado Simeone para incordiar, para molestar, para sacar músculo y, si antes del descanso, algo alteró al Athletic, ese fue Thomas al enviar un balón al palo con Iraizoz en el suelo: el portero había chocado justo antes con Viguera pero el ghanés no lo había visto y siguió la jugada. Si su remate entra, al partido se le hubiera arrancado de cuajo ese aire diplomático que no abandonó hasta que Williams no pisó la hierba.

Fue entrar el chaval y cambiar todo. Williams le dio velocidad al Athletic, que se fue a por Oblak, al fin sí, como si aquello fuera el desembarco de Normandía. Cierto es que, peligro, peligro, no llevó ningún balón, salvo, quizá, un cabezazo blando de Raúl García en el 90’ que atrapó Oblak. Pero rondar rondó mucho. Lo buscaban los vascos por el aire, lo intentaban por el suelo. Con córners y balones al área mientras el Atlético sufría, apretujado en su área y Simeone se desanudaba la corbata. Apretaba.

Pudo sentenciar Carrasco por dos veces antes del 90’. Pero una la paró Iraizoz, tremendo, y otra se fue a las nubes. Antes Bóveda ya le había rebañado a Griezmann un balón cuando sólo le faltaba embocar. El partido era para sufrir. Y, ahí, el Atleti como nadie. “La valentía es arrinconar el miedo un minuto más”, que decía el general Patton, y el corazón del Cholo aguantó las embestidas vascas hasta que en el 94’ Martínez Munuera tocó corneta. Entonces respiró. Acababa el partido. La Liga sigue igual de viva.